REGRESO A 1759: EL NAVÍO L’OCEAN

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Por modesto que parezca, ninguno de los actores submarinos todavía presentes está mudo. Cabe ahora al visitante aventurarse a escuchar. Basta aguantar la respiración por unos segundos y oír al bronce arder.

La bajada por el cabo fue corta, apenas compensar los oídos ya estábamos en el fondo. Sobre la tranquila y blanca arena, se percibían elevaciones aisladas, lo que parecían las habituales formaciones rocosas, que aquí y allá, salpican la costa del Algarve. Es lo que podría pensar cualquier visitante que no supiera de antemano que estábamos descendiendo hacia un lugar donde la Historia permanece quieta, congelada, en una fotografía inmóvil que ha dejado plasmados los sucesos de aquel 18 de agosto de 1759.

Llevaban varias horas evacuando a la tripulación. Desarbolada y maltrecha, la nave insignia de la otrora orgullosa escuadra de Toulon, soportaba ahora el bravo oleaje sobre su costado de babor, mientras su fondo reposaba sobre las arenas de la playa de Almádena. Su comandante Monsieur de Carné-Marcin, había varado el navío para tratar de salvar a su tripulación y evitar su captura por los ingleses.

Pero su pabellón todavía ondeaba al viento. Aún no se había rendido.

Es lo mismo que pensaba Lord Boscawen, el almirante británico que izaba su insignia en el Newark. Con 80 cañones, su nave no podía aproximarse demasiado a la costa sin riesgo de encallar. Pero tenía otras opciones para someter a aquel reticente barco francés.  Sus navíos de 60 cañones sí podrían acercarse con seguridad.

No tuve que descender más de 6 metros para reconocerla. Allí estaba la gran ancla, con más de 5 metros de largo y más de 3 toneladas de peso. Se encontraba fracturada pero todavía conservaba su arganeo. Después de sobreponerme a la maravilla de estar tocando el “ancla de la misericordia” del navío L’Ocean, mi compañero Pedro me guió a otros lugares donde me maravillé con un cuadernal con gancho, una pieza del aparejo de labor e inmediatamente otra ancla grande.

Después, como en una sinfonía in crescendo, apareció, reposando en la calma de los siglos, un cañón de hierro de 8 libras, de los que el L’Ocean armaba 18 piezas.  En su ánima habitaba un pulpo residente, con quien tuvo la gentileza de retratarme mi amigo Xavier Safont. A pesar de estar cubierto de concreciones y multitud de organismos vivos, aún se le apreciaban los muñones, con los que se operaba sobre su cureña. Cuando pase mi guante sobre la superficie del cañón todavía podía escuchar el estruendo de la batalla.

A bordo del America, el Capitán Kirke, situó de costado su navío, que se había aproximado al inerme L’Ocean hasta poder ver el blanco de los ojos de aquellos hombres que a bordo del navío francés, todavía trataban de ponerse a salvo en el bote que daba trabajosos viajes a la playa. Durante un tiempo los ingleses parecieron permitir la evacuación.

Son las cinco de la tarde. “Fuego” ordenó Kirke. La orden fue repetida hasta que, de repente, los 30 cañones de la andana de estribor del America vomitaron muerte sobre el indefenso barco francés. De entre la humareda y los fogonazos de la artillería, las balas volaron hasta el L’Ocean. El navío se estremeció de proa a popa, sus maderos saltaron en pedazos haciendo volar astillas como cuchillos. Los hombres a bordo del L’Ocean solo pudieron rezar.

Tras aletear sobre la arena un corto trecho, volví a estremecerme ante la presencia de un cañón aún mayor, este caso de 18 libras, junto a algunas piedras que no eran naturales, sino que formaban parte del lastre del navío. Un navío de 80 cañones armaba 32 ejemplares de este calibre en la segunda cubierta. La regla para el servicio de los cañones navales de la época era de aproximadamente un artillero por cada 500 kg de peso, sin contar el jefe, por lo que un cañón de a 18 necesitaba al menos de 4 hombres más un jefe. A la vista del increíble tamaño de aquel monstruo, con casi 3 metros de largo y más de 2.000 kg, se me hacía difícil imaginar cómo serían los cañones de bronce de 36 libras que el L’Ocean montaba en su primera batería, la más cercana a la línea de flotación.

Poco después encontré otra de las anclas del navío y a continuación un cañón de bronce que, separado en dos pedazos, me hablaba de lo que ocurrió aquella tarde. Ese cañón, roto por la mitad, se comunicaba conmigo, relatándome cómo la estructura de madera del navío se convirtió en un gran horno, que fundió el bronce de los cañones hasta que estos se doblaron hasta romperse, al hallarse en posición de combate, con las bocas fuera de las troneras.

La dotación de presa del America subió a bordo del L’Ocean, que había arriado su bandera después de la mortífera descarga. Monsieur de Carné-Marcin había decidido rendirse, seguro de que su navío era ya solo una carcasa inutilizable. Permanecían vivos y a bordo nueve oficiales y sesenta hombres, entre marineros y artilleros. Todos fueron hechos prisioneros y, utilizando los botes del navío inglés, fueron embarcados en el Newark.

Eran las diez de la noche. Tratado como el aristócrata que era, Mr. de Carné-Marcin fue cortésmente curado de sus heridas, antes de ser guiado arriba, al castillo de popa, donde se destocó ante el almirante Boscawen, quien hizo lo propio. Junto a él, contempló con desolación y tristeza, como las llamas iluminaban la noche. En una infernal hoguera de proporciones colosales, el L’Ocean ardía como una pira funeraria, en la que crujían sus tres mil metros cúbicos de maderas nobles y resinosas. En el interior de aquel monumental horno, se fundían ahora los cañones de hierro y bronce, que con tanto honor habían servido al rey de Francia.

En cada parte, los fotógrafos Xavier y Alba tomaban imágenes del sitio, pero yo, embriagado por aquel lugar, continuaba mi inmersión siguiendo el cabo que corría paralelo al arrecife. Encontré otro cañón de hierro 18 libras junto a muchas balas de artillería. de diferentes calibres e incluso maderas originales que habían resistido a los siglos. Con respecto a las balas, muchas estabas tan concrecionadas que no podían moverse del fondo. Pero me estremecí cuando mi compañero Pedro puso en mis manos lo que de inmediato reconocí como una palanqueta, la munición artillera que se utilizaba contra jarcias y aparejos enemigos. Aquello era más de lo que yo merecía, una palanqueta del L’Ocean en mis manos. Con sumo respeto la devolví a la arena del Algarve, donde ha permanecido más de 250 años.

Al final de la inmersión, que no quería terminar nunca, encontré bronce fundido. Aquí y allá podía coger gotas y charcos enteros de bronce, que volvieron aquella noche a su estado sólido, al entrar en las frías aguas. De un color verdoso, aquel bronce en mis manos me puso en contacto directo con el dato científico: según la aleación concreta, el bronce, entra en fusión a partir de los 1750 grados Fahrenheit. Aquel 18 de agosto de 1759, el bronce goteó en el agua del Algarve y dejó estos restos que ahora estaban ante mí. Cada gota de aquel bronce contaba una frase del final del L’Ocean.

De regreso hacia nuestro centro de buceo, mi compañera de buceo, Ingrid, me decía que se me notaba en la cara el gesto de alegría interior por la experiencia vivida. Y así era. Vuelto hacia los acantilados dorados de la playa de Almádena dije adiós al L’Ocean, que permanecerá allí, contando a los visitantes la historia de su destrucción en la Batalla de Lagos.

 

Por modesto que parezca, ninguno de los actores submarinos todavía presentes está mudo. Cabe ahora al visitante aventurarse a escuchar. Basta aguantar la respiración por unos segundos y oír al bronce arder. *

* Inspirado en la obra de investigación Fahrenheit 1759, obra de Jean Yves Blot y Mª Luisa Pinheiro (ISBN 978-989-96406-1-0) en la que se basan los hechos novelados que recoge este artículo, que narra la experiencia de buceo en el arqueositio del L’Ocean, el 28 de junio de 2017. Ingrid Riera (Revista Buceadores), Xavier Safont, Mª Alba Camprubí, Pedro Caleja (arqueólogo e instructor de buceo) y el autor, Francisco Rivero, traductor al castellano de Faherenheit 1759.

Popa de L'Ocean, Museo de la Marina, París

Popa de L’Ocean, Museo de la Marina, París

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